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ENE
2015

Malcolm Gladwell -¿Por qué unas personas tienen éxito y otras no?

Malcolm Gladwell es el autor del libro del que todo el mundo habla, Outliers. The story of succes (cuya traducción sería algo así como “Los fuera de serie. La historia del éxito”). Ya con su best seller del año 2000, The tipping point (“El punto de inflexión”), Gladwell se había convertido en un dios del marketing que, a la vez, lograba la increíble hazaña de mantener a su público más intelectual satisfecho.

Sus artículos en The New Yorker son de lectura obligatoria en la Escuela de Negocios de Harvard; en la lista de “gurúes top de los negocios” está incluso por encima del ex presidente de la General Electric, Jack Welch, y del fundador de Virgin, Richard Branson.

Con su segundo libro, Blink , Gladwell reconfirmó su estatus icónico. Subtitulado El poder de pensar sin pensar , es una fascinante mezcla de los últimos estudios científicos sobre el poder de percepción y análisis inmediato del cerebro con historias increíbles sobre cómo éstos se aplican a la vida real


Con Outliers , Gladwell ha vuelto a la carga. En su nuevo libro afirma que los grandes personajes del deporte, las finanzas, la música y muchos otros campos le deben tanto a su genio particular y esfuerzo como a las condiciones sociales que permitieron su despegue. Eso no es demasiado polémico. Lo que Gladwell agrega es que son las fuerzas sociales las que también explican por qué, dadas ciertas oportunidades, algunas personas van a trabajar tanto más duro para aprovecharlas. Pero Gladwell no se queda en el mero análisis de todo aquello que producen estrellas del hockey sobre hielo, multimillonarios de Internet y genios de las matemáticas o la música. Por el contrario, subrayando las ventajas escondidas, oportunidades extraordinarias y legados culturales, Gladwell llama a una reorganización de las estructuras sociales que darán -justamente a aquellos que no tienen esas ventajas, oportunidades y legados- un punto de partida más equitativo para llegar al éxito.

Oportunidades

Gladwell analiza, por ejemplo, el caso de Bill Gates, y cita una serie de estudios que han encontrado un número mágico de horas para volverse muy bueno en algo: 10 mil horas de práctica. Según Gladwell, la práctica no es algo que se hace una vez que se es bueno en algo. Es lo que se hace para volverse bueno en cualquier campo. En el caso de Bill Gates, Gladwell muestra cómo una serie de eventos afortunados le permitieron llegar con más de diez mil horas de práctica al momento en el cual abandonó sus estudios universitarios en Harvard para armar su empresa de software. Por ejemplo, Gates fue a una escuela privada con una terminal de computadoras sofisticada en un momento en el cual pocas lo tenían e Internet era incipiente. Segundo, su casa estaba cerca de la Universidad de Washington, entonces, cuando la computadora de la escuela no fue suficiente, tuvo acceso relativamente fácil a una más compleja. Así, Gladwell acumula nueve eventos que ayudaron a Gates a despegar: para cuando fundó su empresa, él había estado programando sin parar durante siete años consecutivos.

De todo esto Gladwell concluye que Gates obviamente es brillante, pero que sin aquellos golpes de suerte posiblemente no hubiera podido desarrollar su potencial como lo hizo. Quizá había otros chicos igualmente brillantes y dotados para la computación que Gates, pero que al no tener la posibilidad de juntar esas diez mil horas, no pudieron desarrollarse así. Según Gladwell, es deber del Estado nivelar eso.

¿Cómo hacerlo? Gladwell no teme proponer soluciones, aunque éstas sean controvertidas. Por ejemplo, Gladwell reflexiona sobre la alta proporción de genios matemáticos en universidades americanas que son asiáticos. Citando estudios de la Universidad de Pensilvania, Gladwell atribuye este fenómeno no a una habilidad matemática innata en los asiáticos, sino a que los chicos en muchos países de Asia están dispuestos a estudiar más cantidad de horas que sus pares occidentales, algo fundamental para rendir con los números. Esa disposición, argumenta, se debe a una herencia cultural de trabajo duro derivada, entre otras cosas, típicamente del cultivo de arroz. “Nadie que se levanta antes del amanecer durante 360 días al año deja de hacer a su familia rica”, es uno de los antiguos proverbios de agricultores chinos estudiados por los historiadores que cita Gladwell.

En Occidente, en cambio, las vacaciones son parte de la cultura. Citando estudios de la universidad Johns Hopkins, Gladwell muestra que, durante el año académico, los niños de hogares pobres aprenden más que sus pares de hogares ricos, pero que, durante el período en el que no van a clases, caen dramáticamente por falta de estímulos. Una escuela de una zona marginal del Bronx realizó el experimento de aumentar en casi un 60% las horas anuales de clase. La notable mejora en el rendimiento académico permitió al 80% de estos chicos entrar en la universidad, éxito por el cual el programa ahora se está realizando por todo EE.UU. Gladwell reconoce que el tiempo libre de los chicos es para divertirse, crear y soñar. Pero considera que, si bien algo de esto se está cediendo, es para permitirles salir del círculo de pobreza y crear una sociedad más equitativa en la cual no sólo unos pocos puedan acumular esas diez mil horas de práctica que permiten despegar.

El libro, como todo lo que publica Gladwell, ha sido profundamente polémico. En una nota paraThe New York Times , David Brooks señaló que, aun cuando considera al determinismo social de Gladwell como “una corrección útil a la visión de la naturaleza humana basada en el homo economicus” y elogia su argumento reconociéndole una intención igualitaria, considera que “si Gladwell puede reducir a William Shakespeare a un mero producto de fuerzas sociales”, comprará copias de Outliers para repartirlas en Times Square.

Gladwell jamás se inmuta por las críticas que salen a atacarlo. “Mi objetivo es lograr que la gente hable y discuta sobre el tema más que llegar a una verdad develada”, es su mantra. Por otra parte, la realidad es que cada libro o artículo que publica genera un furor mediático inusitado, y que la mayor parte de las reseñas siguen siendo excepcionales.

Dos anécdotas de su vida pueden dar alguna pista sobre por qué su visión del mundo es tan distinta de la de la mayor parte de los analistas culturales norteamericanos. Para empezar, si bien sus padres eran intelectuales, Gladwell, nacido en Inglaterra en 1963, fue criado en un campo en Ontario, en una zona rural rodeada de colonias menonitas y donde su principal pasatiempo era criar un par de ovejas que cada fin de año religiosamente se carneaban; como parte de una familia muy religiosa, su principal lectura por mucho tiempo fue la Biblia, y no tuvo televisión hasta los 20 años.

Hoy Gladwell todavía prefiere nadar contra la corriente y, en plena era de Internet y siendo el emblema de persona que estudia lo último de lo último, hace la mayor parte de su investigación en la biblioteca de la Universidad de Nueva York en vez de online. Incluso ha declarado que “Google es la respuesta a un problema que no teníamos. El buscador no nos dice qué es interesante o importante. Todavía hay más en una biblioteca que lo que hay en Google”.

Hijo de una jamaiquina y un inglés, todavía mantiene el look de “genio loco pero cool”, con los ojos grandes eternamente sorprendidos y la ropa de adolescente que cuelga de su marco delgado. Las editoriales, cuentan en el ambiente, reciben cada año cientos de propuestas de libros que proponen un análisis “gladweliano” de la realidad, pero nadie ha logrado como él ser el elegido del gran público y, a la vez, ser respetado por los lectores más sofisticados. Sin embargo, él se niega a verse como uno de los “outliers” o personajes extraordinarios que analiza en su último libro. “Sólo soy un periodista”, vuelve a insistir, aunque pocos hoy ya realmente le crean.

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